Ganadores del concurso (2021)

Álvaro de Argüelles Lugo

Universidad Carlos III (Madrid)

Doble Grado en Estudios Internacionales y Derecho

Licenciado en Estudios Internacionales y Derecho por la Universidad Carlos III de Madrid, cursa un máster en Filosofía Política en la misma institución. Trabaja como periodista para el periódico español El Orden Mundial, donde se especializa en la región de Oriente Medio y Norte de África. Ha aparecido en radio y televisión y es autor de varios artículos académicos, entre ellos un capítulo de libro sobre la guerra civil libia (Editorial Comares, 2021). Actualmente realiza prácticas en el Fondo de las Naciones Unidas para la Democracia.

Seguridad, Paz, Mujer y Resolución de Conflictos

Las mujeres y la guerra en Libia

En mi trabajo, argumento que el actual conflicto libio es uno de los mayor desafíos de seguridad a los que se enfrentará mi generación, y cómo involucrar a las mujeres puede ayudar a resolverlo, en consonancia con la UNSCR 1325/2000. Como solución individual concreta, propongo utilizar las redes sociales para dar a las libias una plataforma política y como herramienta para denunciar los episodios de violencia a los que se enfrentan.

 

Diez años después de la muerte de Gadafi, Libia sigue sumida en el caos. El conflicto libio se caracteriza hoy por la presencia de combatientes de terceros Estados, incluidos Sudán, Siria o Rusia. Estos grupos sirven a su vez de pantalla para Gobiernos como los de Ankara o Dubái, que compiten por el control del país. Preocupa especialmente la posibilidad de que Rusia establezca una base militar en el Mediterráneo.

Esta guerra de proxies ha convertido el embargo armamentístico impuesto por Naciones Unidas en “una broma”, lo que amenaza con desestabilizar la región durante un largo periodo de tiempo. Contribuye a este problema la vaporosa frontera meridional de Libia, donde sobreviven varias células del ISIS. Por último, otros factores como la migración o los recursos energéticos hacen de Libia un pilar central para la estabilidad de Europa. Todo esto hace que el conflicto libio sea uno de los mayores desafíos a los que se enfrentará mi generación. Para poner fin a esta guerra, una de las estrategias pasa por crear mecanismos que permitan a
las mujeres de Libia participar en el proceso de paz, un principio consagrado en la Resolución 1325/2000 del Consejo de Seguridad.

 

En 2011, el deplorable trato que recibía la población femenina fue uno de los principales motivos aducidos para justificar la intervención de la OTAN en Libia. Se aseguró que Gadafi en persona había empleado la violencia sexual como arma política, y que se habían repartido pastillas de viagra entre sus combatientes. La repulsa hacia esta clase de acciones empujó a la comunidad internacional a invocar su Responsabilidad de Proteger.

En los meses siguientes a la Revolución, surgieron numerosas organizaciones como Toghether We Build It para dar voz a las mujeres libias. Pero, en seguida, éstas empezaron a ser objeto de represión. Un punto de inflexión lo marca el asesinato, en 2014, de Salwa Bugaighis, una reputada abogada de Bengasi. Por aquel entonces, la ciudad estaba bajo el control de una coalición de brigadas rebeldes e islamistas. Sin embargo, desde que el general renegado Jalifa Haftar tomara el Este del país, los episodios de violencia contra las mujeres no han disminuido. En 2019, la diputada Seham Sergiwa desaparecía después de criticar la ofensiva del militar sobre Trípoli. Igualmente, en 2020, la activista Hanan al-Barassi fue ejecutada tras publicar un vídeo crítico con Haftar. En Libia en general, Naciones Unidas ha documentado más de cien episodios de violencia contra las mujeres sólo en 2020.

Desde 2011, la ONU busca una solución política al conflicto. Pero son muchas las barreras que encuentran las mujeres para participar en este proceso internacional, incluidas la falta de recursos para viajar o la imposibilidad de dejar a sus hijos en casa. En el Foro para el Diálogo Político Libio, organizado en 2021, 59 de los 75 delegados eran hombres. Además, únicamente dos mujeres se presentaron como candidatas a dirigir el nuevo Gobierno.

 

En última instancia, la seguridad física de las libias sólo pueden garantizarla instituciones como la OTAN. Sin embargo, los jóvenes de mi generación contamos con las redes sociales como herramientas para crear un espacio seguro en las que éstas puedan trabajar y darse a conocer.

Citando un ejemplo concreto, hasta recientemente no existían artículos en Wikipedia sobre ninguna de las tres mujeres arriba mencionadas. Ninguna de ellas participó tampoco en los numerosos paneles internaciones sobre el conflicto libio, muchos de los cuales son organizados por asociaciones universitarias. Estos simples pasos podrían haber contribuido a promocionar su activismo por la paz. En esta línea, otra de las estrategias a las que podemos recurrir es al conocido como naming and shaming. Imaginemos que el asesinato de Sergiwa en 2019 hubiera provocado la misma condena internacional que el del periodista saudí Jamal Khasoggi. ¿Habría corrido al-Barassi la misma suerte en 2020?

Para empezar a colaborar, basta un simple tuit difundiendo el trabajo de las diferentes mujeres de Libia. Existen referentes de todos los perfiles, como la investigadora Khadeja Ramali (SOAS) o la artista Najlaa al-Ageli, que en 2018 curó una exposición en Madrid. La lengua árabe no es obstáculo para esta labor divulgativa, y es que muchos de los proyectos que desarrollan están también disponibles en inglés. Además del movimiento Toghether We Build It, antes mencionado, existen otros como The Voice of Libyan Woman o Project Silphium.

En definitiva, cuando la comunidad internacional invocó la Responsabilidad de Proteger en Libia, uno de los principales motivos fue el de poder proteger a las mujeres del país. Mi generación puede ayudar hoy a alcanzar este objetivo a través de las redes sociales. En Múnich, Joe Biden ha fijado como meta la defensa de la democracia, y espero contribuir a avanzar en esa dirección con esta propuesta.